Shunsuké, un famoso escritor sexagenario, se siente atraído por la extraordinaria belleza de un joven homosexual, Yuichi. Encallado en una encrucijada vital, se ve tentado por la idea de vengar por medio de él las muchas frustraciones que le han hecho experimentar las mujeres y se embarcará en un juego perverso cuyas insospechadas consecuencias está muy lejos de prever. En El color prohibido -expresión japonesa que hace referencia a la homosexualidad- Yukio Mishima (1925- 1970) nos ofrece una obra teñida de una atmósfera turbia e inquietante acerca de un mundo prohibido.
Ivanhoe (WALTER SCOTT)
Considerada la mejor novela de Walter Scott, Ivanhoe narra la enconada lucha de un hombre para establecer su buen nombre... y de paso el de la corona. Son tiempos difíciles, de luchas entre dos pueblos antaño hermanados, el sajón y el normando, y el príncipe Juan sin Tierra planea coronarse rey, aprovechando que Ricardo Corazón de León se halla luchando en las Cruzadas.
Ricardo necesitará la ayuda de un caballero ducho en el campo de batalla, y ése será Wilfred de Ivanhoe. Desheredado por su padre, desposeído de sus tierras y dehonrado, Ivanhoe tendrá ocasión de reparar las muchas injusticias de que ha sido vícitima. Pero para ello deberá luchar a muerte en combate singular, escalar los muros de un castillo, ser apresado, liberado por el vil Robin Hood, y ello al tiempo que lidia con dos mujeres que se disputan su amor, la judía Rebeca de York y la aristócrata lady Rowena.
La obra de Scott marcó un hito en la historia de la literatura, tanto por compendiar las virtudes de la novela de caballerías como por acercar la historia a los lectores con la combinación de aventuras, traiciones, lances inesperados, amores imposibles... y son esas cualidades las que hacen de Ivanhoe una de las novelas históricas más leídas aún hoy.
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De Zerf a Puttelange-aux-Lacs. (Día 40)
Hoy tocaba despertar sobre un blando colchón revestido con blancas sábanas, arropado por un grueso cobertor, también de color blanco, que me atornillaba sobre el lecho y me invitaba a permanecer en tan agradable posición durante unos minutos más. No obstante, sabía que el día se presentaría tan frío como los anteriores, y antes de sucumbir ante la tentación, termino desperezándome, pues bajo estas duras condiciones pre-invernales la dignidad con que se logrará avanzar es todo una incógnita, y más vale arrancarle al día algunos minutos. Pero antes que nada, como en la hospedería en que me hallaba el desayuno estaba incluido, bajé al salón que hacía de comedor a dar buena cuenta de las suculentas viandas matutinas que me fueron generosamente servidas. Probé distintas clases de panes, mantequilla, huevos, fiambres, salchichas,... y así fui rellenando el amplio hueco abierto por el constante agotamiento al que me sometía jornada tras jornada. Luego de este delicioso momento, subí a la habitación para terminar de recoger, entre otras cosas, toda la ropa que tenía secándose junto a la estufa. Ya con las alforjas armadas y bien equipado y protegido contra el frío, me despido de la amable y un tanto curiosa señora que me había servido y salgo en busca de mi querida y estimada compañera de viaje.
Efectivamente, el día amanece bastante frío, aunque por suerte luce un espléndido cielo azulado, que ofrece un magnífico colorido al mundo y, particularmente, a mi deteriorado ánimo. La carretera comenzaba exigente, y es aquí donde se presenta, una vez más, la eterna disyuntiva. Hace frío, así que te abrigas, pero como vas haciendo un cierto esfuerzo, comienzas a sudar y a pasar calor. Si te quitas el abrigo, te congelas, si te quedas con él puesto, lo mojas y luego, también te congelas. Por suerte, no como en otros días, no caía un auténtico diluvio sobre mí y el sol siempre echa una mano, así que prefiero desprenderme de algo de abrigo y conservarlo para la bajada. Aquí se aprecia la importancia de ir equipado con el material apropiado, cosa que por no hacer, por inexperiencia, pagué una y otra vez en este viaje. Sigo ascendiendo, con el resto de fuerzas que poco a poco me van restando, hasta que llego al que deduzco punto más elevado antes del cruce que tenía intenciones de coger, y que me debería de conducir hacia las proximidades de un río, lo cual garantiza que no vas a tropezarte con fuertes desniveles. La bajada es acentuada y transcurre a la sombra de un frondoso bosque, por lo que el frío aumenta considerablemente. Llego al siguiente pueblo, donde la amplia superficie comercial se encuentra cerrada. Sigo hacia adelante.
Tan solo iba provisto de un mapa que comprendía las naciones de Bélgica y Luxemburgo, y ahora me encontraba errando por tierras germánicas, por tanto, a punto de desaparecer por la esquina inferior-derecha del mencionado mapa. La intención era encontrar un nuevo plano, el problema era que no tenía una ruta trazada, ni sabía cuál era la que más convenía a mi destino, así que era un constante improvisar. Al tratarse de dos grandes paises (Francia y Alemania) entre los cuales me tocaría avanzar en las próximas jornadas, los mapas más convenientes no eran fáciles de encontrar, pues estos suelen subdividirse por regiones concretas. Los que encontraba tan solo me eran útiles una serie de kilómetros, por lo que no compensaba la inversión a realizar, así que tras rebuscar en los dos únicos establecimientos que encontré decidí arriesgarme, ser honrado y solicitarle permiso a la dependienta para fotografiar las partes que más me interesaban. La señora accede, me pide que lo haga en un lugar fuera de la vista, y a ello me pongo. Muy agradecido compro aunque sea algo para comer y de allí salgo con mi chapucero mapa digitalizado.
Tan solo iba provisto de un mapa que comprendía las naciones de Bélgica y Luxemburgo, y ahora me encontraba errando por tierras germánicas, por tanto, a punto de desaparecer por la esquina inferior-derecha del mencionado mapa. La intención era encontrar un nuevo plano, el problema era que no tenía una ruta trazada, ni sabía cuál era la que más convenía a mi destino, así que era un constante improvisar. Al tratarse de dos grandes paises (Francia y Alemania) entre los cuales me tocaría avanzar en las próximas jornadas, los mapas más convenientes no eran fáciles de encontrar, pues estos suelen subdividirse por regiones concretas. Los que encontraba tan solo me eran útiles una serie de kilómetros, por lo que no compensaba la inversión a realizar, así que tras rebuscar en los dos únicos establecimientos que encontré decidí arriesgarme, ser honrado y solicitarle permiso a la dependienta para fotografiar las partes que más me interesaban. La señora accede, me pide que lo haga en un lugar fuera de la vista, y a ello me pongo. Muy agradecido compro aunque sea algo para comer y de allí salgo con mi chapucero mapa digitalizado.No puedo decir que disfrutase mucho del paisaje ni de mucho más a lo largo de este día. Tenía la impresión, como en otros, que era una simple jornada de trámite, aunque siempre consciente de que a la vuelta de cada recodo del camino te puede estar esperando cualquier tipo de sorpresa. Luego entiendes que no hay jornadas de trámite. El frío no me mortifica tanto como en días pasados, pero los kilómetros no parecen avanzar. Y es que a la adquisición de un nuevo mapa le sigue su período de adaptación al mismo, de asimilación de las distancias e interpretación de su trazado. Voy cansado y al encuentro con la frontera con Francia. Además era festivo e iba sin comida encima. Los pocos establecimientos que encuentro aparecen cerrados. Tengo mis esperanzas depositadas en una población llamada Saint Avold, a donde llego tras un dilatado período de desesperante pedaleo. Pero para mi sorpresa, no hay ni un alma en las calles e igualmente estaba todo cerrado. Un tanto desconcertado por los imprevistos y como tampoco había muchas más vueltas que darle, continuo ya avanzada la tarde hacia el siguiente pueblo.
Un rato después, llegaba y, para mi sorpresa, el pueblo se encontraba en fiestas. Había un escenario montado en la plaza, atracciones para los niños, sonaba la música, la gente andaba de un lado para el otro y pienso que, por fin, voy a conseguir algo de comer. Así que lo primero que hago es alimentarme como buenamente puedo. Frente a la tienda en la que había entrado se encontraba un pequeño cruce, y en la esquina del mismo aparece un reducido panel que señala la dirección del camping municipal, y en el cual no habría reparado de no haberme detenido allí. Mis intenciones eran las de seguir un poco más, aún quedaba luz suficiente para continuar avanzando, sin embargo, pienso que hoy me merezco un poco de compañía y un poco más de descanso, así que me pongo en marcha y en la dirección que el referido panel me señalaba. Avanzo por la carretera, a la espera de otra señal, pero esta tarde en llegar. No obstante, lo hace. Encuentro un cruce y una señal, luego otro cruce y otra señal, y cuando me doy cuenta estoy haciendo un nuevo kilometraje con el que no contaba y que me aleja completamente del pueblo para introducirme a lo largo de una amplia vaguada. A uno de los lados de la estrecha calzada por la que circulo encuentro un emplazamiento con varias caravanas aparcadas, a las que acompañan distintas parcelas desocupadas, por lo que intuyo que ese debe ser el camping. Como no encuentro a nadie me acerco a una vivienda próxima a preguntar, y allí me indican que ese no es el camping, no, que este está más adelante, así que sigo avanzando un tanto confundido. Llego a un cruce en el que otra señal me indica girar a la izquierda. Y entonces me topo con la primera sorpresa, un hermoso embalse, que reposaba sereno y refulgente como la superficie de un mayestático espejo postrado en la tierra, y sobre el que yacían dulcemente algunos botes, que parecían como tapizados de fino terciopelo con el que acariciarían el delicioso lustre del inmóvil reflejo. Distintos pescadores se repartían ya en su interior ya en sus riberas, mientras el tiempo parecía detenido, o era el sol el que parecía resistirse a caer y dejar de contemplar así tan bonita estampa.
Para acceder al camping debo atravesar el muro del embalse. Cuando llego al final, me llevo la siguiente sorpresa: está cerrado, con cadenas incluso, no hay manera de acceder. Me doy la vuelta. Entonces una fugaz idea ocupa mi pensamiento, "no fue una buena decisión venir aquí". ¿Cómo podía ni tan siquiera ocurrírseme tal cosa ante aquel espectáculo? Rectifico rápidamente y me dispongo a preguntar a alguien si sabe dónde puedo encontrar otro camping próximo. Hablo con una pareja que me indica que mejor pregunte en lo que me pareció entender un "restaurante" a la entrada. Yo no recordaba haber visto ningún restaurante, pero también debía reconocer que iba tan solo atento a la aparición de un camping, haciendo caso omiso de cualquier otra cosa que pudiera encontrar por el camino. Retrocedo, pues, hasta la carretera principal, sin acertar a distinguir ninguno. Pensándolo mejor, lo extraño hubiera sido haberlo encontrado en aquel lugar. Vuelvo a dar la vuelta, esta vez más atento, hasta que doy con un pequeño quiosco de estos móviles que suelen afincarse en las fiestas de los pueblos para vender hamburguesas o perritos calientes, a diferencia de que allí la especialidad de la casa eran las pizzas. Evidentemente, algo no había entendido bien.
Localizado el lugar, me acerco a preguntar. La señora y el señor que lo regentan me miran con una mueca que oscilaba entre la indiferencia y la impasibilidad, luego me responden con acento un tanto tosco un mísero "No sabemos". Miro en derredor, pero lo único con lo que mis incrédulos ojos se tropiezan es con tres ancianos, arrellanados en sendas butacas alrededor de una mesa, con expresión, si acaso, un tanto más benévola que la de sus paisanos, pero incapaces de emitir un sonido distinto de aquel quejido tenue, como si al querer buscar en ellos algún tipo de apoyo les hubiese provocado involuntariamente una aflicción más que sumar a la dolorosa carga con la que el paso de los años les había retribuido. Resignado me doy la vuelta para abandonar el lugar, cuando un chico que se encontraba cenando con su pareja, y en quien yo no había reparado, me llama y me pregunta qué andaba buscando. Le planteo mi situación y, sorprendentemente, me indica que tiene una pequeña casa ahí al lado, que si quiero puedo pasar allí la noche. Todo esto con una expresión de ostensible desinterés, por lo que sin pensarlo mucho acepto la invitación. Esta era la gran sorpresa que me tenía este día reservada. Me aparto para esperar a que terminen de comer, pero pronto se me acerca Heiko (así se llama él) y me invita a tomar un café calentito con ellos. Allí pasamos unos instantes muy gratos, en los que me alimento más que con el café con la bondad tan absorbente que denotan. Luego ellos se suben en el coche y yo los sigo, como puedo, detrás, pues voy realmente agotado y me cuesta horrores seguirles de cerca. Luego llegamos a la casa, me ofrecen una ducha, que, por supuesto, me doy, y cuando salgo del aseo ya se encuentra la chimenea encendida, en uno de los rincones de la pieza principal de la vivienda, en donde prácticamente el único mobililiario, además de la chimenea, era una extensa alfombra de lana blanquecina, sobre la que, con la ayuda de unas almohadillas, nos acomodamos, bebimos cerveza y conversamos durante varias horas. Fueron instantes maravillosos, con una compañía excepcional, en los que con el vivo crepitar de las calurosas llamas de fondo, pude disfrutar de uno de los momentos más extraordinarios de todo el viaje. No encuentro palabras para expresar lo que algo tan simple pudo suponer a mi persona, tal vez ni tan si quiera procuro intentar encontrarlas, pues es una de esas sensaciones para las cuales las palabras siempre se te hacen poco. Lo único que puedo hacer desde aquí, es plasmar un "Gracias Heiko y Sabine", que persistirá no tanto en estas páginas como en mi pensamiento. Y esto fue todo por este día.
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De Irlanda a España en bici
El Prisionero del cielo (CARLOS RUIZ ZAFÓN)
Barcelona, 1957. Daniel Sempere y su amigo Fermín, los héroes de La Sombra del Viento, regresan de nuevo a la aventura para afrontar el mayor desafío de sus vidas.
Rebosante de intriga e emoción, EL Prisionero del Cielo es una novela magistral donde los hilos de La Sombra del Viento y El Juego del Ángel convergen a través del embrujo de la literatura y nos conduce hacia el enigma que se oculta en el corazón del Cementerio de los Libros Olvidados.
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La educación sentimental (GUSTAVE FLAUBERT)
La educación sentimental gira en torno a la existencia y peripecias de su protagonista, Frédéric Moreau, joven acomodado que en 1840 llega a París a los dieciocho años para proseguir sus estudios. Sin embargo, esta novela, como todas las grandes obras, es mucho más: es el retrato asombroso de una sociedad y de una época contra el fondo de los hechos históricos reales. Y en él, con maestría inigualable, se insertan las vidas cotidianas de sus numerosos personajes y su distinta evolución a lo largo de los años con sus penas y alegrías, sus logros y sus frustraciones, de modo que página a página acaba tejiéndose una de las novelas más inolvidables de la literatura europea.
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La montaña mágica (THOMAS MANN)
La montaña mágica no es sólo la mejor obra de Thomas Mann, sino también uno de los libros más importantes de todos los tiempos.
Esta novela es un impresionante fresco de la Europa de principios de siglo XX, y también una de las más profundas y agudas exploraciones de la condición humana. La habilidad para mostrar las contradicciones sociales y espirituales de su época, la extrema sensibilidad en la construcción de personajes y la aguda erudición que despliega Mann en La montaña mágica convierten esta obra en una lectura que apela -y desafía- tanto a la sensibilidad como a la inteligencia de cualquier lector.
Thoma Mann (1875-1955) es un clásico indiscutible de la literatura alemana. Hizo del ser humano, condicionado por su contexto político y social, y del conflicto entre la vida y el arte o la inteligencia, el centro de buena parte de su extensa obra, en la que destacan, entre otros títulos, Los Buddenbrook (1901), La muerte en Venecia (1912), La montaña mágica (1924), Mario y el mago (1930), Doctor Faustus (1947) y El Elegido (1951). En 1929 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.
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De Heyrieux a Le Pouzin. (Día 52)
A pesar de estar en pleno mes de Noviembre, esta fue una noche más bien propia de un verano testarudo y remolón, que se resistía a abandonar las latitudes en que las aventuras de este humilde relato se llevaban a cabo, para ir a bendecir los corazones ateridos y anhelantes en el otro extremo del globo, pues pasé bastante calor allí entre las incrédulas lonas de mi tienda, con un saco de cuyo interior las plumas salieron despavoridas en mitad de la noche. Imagino que a esto contribuyó el haberme refugiado en uno de esos pequeños bosquecillos que anidan, aislados, entre los vastos campos de cultivo, y cuyo interior se encuentra libre de la influencia de la refrescante brisa nocturna. A pesar de esto, no fue una noche sencilla, pues precisamente al incidir el viento directamente sobre las gráciles copas de los espigados árboles, se desprendía un estruendo tan ensordecedor, que parecía que de un momento a otro, todos y cada uno de ellos, cederían ante las energéticas acometidas del aire para terminar sepultándome a mí entre un montón de hojas y troncos astillados. Pero este no había sido, ni mucho menos, el único fragor entorpecedor de mi descanso, pues por otro lado se le había sumado el ocasional estruendo proferido por los distintos aviones que aterrizaban en el aeropuerto próximo de Lyon, así como los diversos trenes de mercancía o de pasajeros, que a lo largo de toda la noche circularon a unos doscientos metros de mi improvisada situación. Y, por último, el zumbido procedente de la concurrida carretera de la cual me había desviado el día interior. Todo un espectáculo de ruido, allí, donde todo auguraba un apacible retiro.
Lo mejor de la buena temperatura era que podía comenzar a pedalear más temprano de lo que venía haciéndolo tantos días atrás. Al madrugón me impulsaba el que los días seguían menguando de forma más que ostensible, y había que aprovechar al máximo la luz del sol. Y así recogía por enésima vez todos los bártulos, abandonaba el ruidoso bosquecillo, remontaba la pista de tierra, la de asfalto y retomaba la vía principal comprobando que el cielo había vuelto a cubrirse de grises nubes cargadas de amargura. Pronto comienza a caer una fina lluvia. Yo circulo creyendo acertar mi posición en el mapa, pero tras atravesar varios cruces me percato de que algo falla. Termino preguntando a una chica que iba en su coche, junto a una gasolinera cerrada. La chica, aunque muy atenta, no puede ayudarme, y como estaba estorbando no le queda otra que apartarse, por lo cual yo decido dejar de importunarla para acercarme hasta la gasolinera, cuyo establecimiento se encontraba tan solo habitado, a simple vista, por un chico que tecleaba frente a un ordenador solitario. A parte de eso, no había más mobiliario en toda la oficina, que estaba acristalada por tres de sus cuatro costados. Toco, el chico me abre y le pregunto. Éste, como tampoco sabe indicarme, llama a su compañera, que sale por una de las dos puertas que se dibujaban en la pared desnuda de la derecha. Cuando ya la chica me estaba ofreciendo muy amablemente las indicaciones que yo requería, tocan en la puerta, y cuando me vuelvo observo que es la chica del coche, a la que ya le había preguntado, que aparecía con los alimentos del día en el interior de una bolsita. La gasolinera estaba totalmente desprovista de servicio alguno, ni tenía los surtidores activados ni disponía de tienda, así que la única conclusión a la que llegué es que se encontrase en pleno proceso de apertura. Marcho de allí ya con la certeza de saberme por el camino correcto. La lluvia, aunque débil aún, persiste, mientras yo continúo avanzando por carreteras algo monótonas pero en las que pedaleo sin demasiadas dificultades. Estos kilómetros avanzan algo más rápido y, poco a poco, me voy acercando a las proximidades de Vienne, ciudad a la que llego cada vez más inmerso en el interior de un omnipresente nubarrón que amenazaba con complicar definitivamente la jornada. Cuando llego a Vienne, en el primer cruce que encuentro pregunto a un señor, que me indica la dirección a tomar, esta es, a la derecha, por una calle a la que se ceñían, a ambos lados, edificios rancios, de color amarillo desgastado, y cuyos residentes presentaban el mismo aspecto deteriorado que el de aquellos desafortunados bloques. Un poco más adelante ya alcanzo el río Ródano, del que no me separaría hasta última hora del día siguiente. Aquí ya el tráfico aumenta. Tenía entonces la opción de franquear el río o seguir por la misma ribera en que me hallaba. Opto por esto segundo, aunque pronto comprendo que no era la opción más acertada si lo que buscaba era ahorrar algún kilómetro que otro, pues ésta daba un pequeño rodeo. Por aquí, si bien no era del todo frecuentada, me fui encontrando diversos charcos de cierta profundidad y, claro, los pocos coches que pasaban no podían hacerlo en otro momento que justo cuando me encontraba atravesando alguno de ellos, por lo que al pasar, sin ningún tipo de contemplaciones ni disminuir lo más mínimo la velocidad, terminaban arrojándome encima toda la masa de agua que sus neumáticos eran capaces de arrojar, por lo que ya no solo me llovía por arriba, o por abajo gracias a mis propias ruedas, sino también por los lados. La lluvia seguía en aumento.
Más adelante llego a una población en la que había un nuevo puente por el que cruzar el amplio río. Lo cruzo, y al poco doy con un banco. Como apenas llevaba dinero encima decido acercarme al cajero. Entonces compruebo que mi tarjera debe tener algún problema con la banda magnética, pues me es imposible burlar a la maquinita para que se digne a ofrecerme unos pocos billetitos. Entro en el banco a ver si me pueden cambiar las libras esterlinas que aún llevaba encima. No me las pueden cambiar. La cosa se empieza a poner emocionante. La tormenta seguía en aumento, yo iba completamente mojado, y algún trueno aislado resonaba como queriendo acompañar con un toque de percusión, la prodigiosa melodía interpretada por la intrigante tempestad. Yo sigo por la misma carretera que circula siempre al lado del Ródano, atravesando una y otra población. Pruebo en otro cajero: nada. Entro. Me atiende, muy cordial, la directora de la sucursal, una señorita de ascendencia española, por lo que puedo hablar normalmente con ella. Le echa un vistazo a la tarjera inservible, y a su vez me explica que en las sucursales de estas pequeñas poblaciones no pueden cambiar dinero, por lo que sigo en la misma extraña situación. La lluvia no cesa, y ya no me entran ganas ni de parar a comer. El día sigue transcurriendo y, poco a poco, siempre pensando tan solo en el pueblo más inmediato, termino alcanzando los arrabales de Valence. Sigo de largo. Había seguido probando en distintos cajeros, pero con la misma fortuna anterior. Ya bajo las retraídas luces de una tarde presurosa, llego a un pequeño pueblo en el que, en vista de las horrorosas perspectivas climatológicas, opto por la opción más segura: buscar un techo bajo el que refugiarme, más que por temor a la incidencia directa de la lluvia, porque no aparecían a la vista lugares en los cuales la naturaleza me garantizase que en mitad de la noche el agua no fuese a terminar por derivarme al caudaloso torrente del río Ródano. Pero por más que pregunto en este pueblo, tan solo me indican la existencia de un hotelito que se encuentra justo en mi dirección y a la salida del mismo. Hacia allí me dirijo, advirtiendo como poco a poco voy desembocando, un día más, en una nueva e imprevista situación de desamparo e incertidumbre extrema. Me preguntaba cómo se desarrollarían hoy los acontecimientos, qué me quedaría por experimentar en los más inmediatos instantes. Son momentos extraordinarios, a pesar de las penosas condiciones en las que puedes llegar a encontrarte, pues tienes la convicción de que algo que no vas a olvidar está a punto de sucedete, como si tu memoria preparase un molde especial en el que luego quedará grabado, cual huella de una existencia pasada, cada imagen, cada sonido, cada sensación de las allí vividas.
Llego a la puerta del hotel, que se presenta como una edificación en forma de palacete vetusto y decrépito, en cuyo interior aparece una lamparilla de apariencia tan longeva, que el cable que de ella brotaba no debía de alimentarse de corriente eléctrica alguna, sino más bien debía haberse enraizado a la tierra y de ella debía extraer la energía necesaria para mantenerse encendida, irradiaba una tímida luz mortecina que permitía entrever un reducido mostrador en el que algunos folletos, asentados sobre una mullida capa de polvo, se me antojaban amarillentos y garabateados en algún dialecto en desuso. A mi derecha, una cristalera me presentaba un comedor a oscuras, en el que todo estaba impecablemente colocado: las sillas alrededor de las mesas redondas, con sus manteles con brodes de encaje, sus platos, vasos y cubiertos perfectamente alineados. Las paredes revestidas con un papel estampado de florecillas y del centro de la techumbre pendía alguna especie de arácnido cristalizado. La escena era ciertamente contradictoria, pues por un lado todo apuntaba a que allí se ofrecía algún tipo de servicio, sin embargo, no había ni el más mínimo indicio de vida reciente. Por más que tocaba nadie acudía a mi encuentro, mientras me preguntaba qué clase de broma macabra sería aquella. Parecía como si con la llegada de la noche, todo aquel obsoleto escenario fuese a recobrar repentinamente todo su esplendor, a llenarse de luz, de jóvenes y vigorosas vidas que desempolvarían las telarañas de los rincones, gracias a las corrientes desatadas por el enérgico balanceo de los cabellos, vestidos, bastones o sombreros de los vivarachos y fantasmagóricos huéspedes. Pero todo aquello no eran sino imaginaciones mías, allí el único sonido que se escuchaba era el del constante tamborileo de la lluvia sobre el firme resbaladizo sobre el que yo me mantenía, sonido a través del que se distinguía, tenue y amortiguado, el rinrín del timbre cuando yo pulsaba el pequeño interruptor. Así que en vista de las nada prometedoras perspectivas y de la oscuridad patente, no me queda otra que seguir mi rumbo.
Unos cuantos kilómetros me separan aún del siguiente pueblo. Aquí el aguacero es ya de una comicidad rayana en lo grotesco. Los truenos se suceden uno tras otro, y retumban en la atmósfera como si el universo fuese un colosal auditorio. De las nubes comienzan a emerger, súbitamente, retorcidos trazos centellenates e intermitentes, que cegaban a la vista y estremecían al corazón. Los rayos se exhibían de una forma prodigiosa. El espectáculo no tenía desperdicio, y lo más curioso es que se daba justo en la dirección en que yo iba. Pensaba que cualquier mente razonable se detendría y daría media vuelta, o buscaría algún otro tipo de escapatoria, lo último que se le ocurriría es ir en busca de tan portentosa tormenta, más con la oscuridad de la noche tan cercana, pero yo, siempre empecinado, sigo adelante confiando en la misma suerte que siempre me ha acompañado. La lluvia cae de una manera espantosa, y me preocupa el que en estas condiciones es casi imposible que los coches puedan advertirme, no obstante, sigo hacia adelante, recordando aquellos aguaceros en los que cuando vas en el interior de un vehículo, por mucho que le des al limpiaparabrisas, apenas puedes ver lo que hay delante tuya. Y ahora lo único que me libera del agua son mis pobres y húmedos párpados, que se abren y cierran una y otra vez, en una mueca de desesperación y asombro.
Y sigo avanzando, hasta que definitivamente la oscuridad me alcanza, justo cuando llego a las inmediaciones de la última población del día. A mi izquierda observo un puente iluminado y, al otro lado de este, dos hotelitos que se encuentran aislados de todo lo demás. Cruzo el puente con las pocas fuerzas que me quedan, y hacia el más económico de los dos me encamino. Voy rezumando agua por todos lados, como si fuese una nube andante. Dejo afuera la bicicleta y entro, encharcando las lustrosas losas en las que puedo incluso reflejarme. Me aproximo al mostrador, en el que no hay nadie. Yo me mantengo a la espera. Próximos a mí, tres chicos que acababan de acicarlarse para emprender su particular correría nocturna. Uno de ellos se acerca al mostrador y aprieta un botón que, para mí, hasta ese momento había pasado desapercibido, con la intención de echarme un cable. Al poco aparece la recepcionista, una chica rubia, alta, con anteojos de fina montura, y un tanto tímida, según me pareció. De mi rostro y de mis manos no para de manar agua, por lo que la chica se ausenta unos instantes para regresar con un montoncito de servilletas. Le pregunto si hay una habitación libre, a lo cual ella responde afirmativamente. Cuando me dispongo a pagar con la tarjeta, momento temido este, ocurre lo que tanto andaba yo presintiendo, que además de no poder sacar dinero del cajero tampoco podía pagar con ella. La chica prueba una y otra vez, yo ciertamente turbado, preguntándome ahora cómo iba a salir de esta. El efectivo del que disponía no me era suficiente, y eso le hago saber a la muchachita, la cual terminó compadeciéndose de mí y me perdonó la diferencia, cosa por la que le que profundamente agradecido. Luego me quedaba por pedirle otro favor, que me dejase guardar la bicicleta en algún lugar. Ella va a consultar y luego regresar rogándome que la siguiera. Atravesamos un pequeño pasillo y me conduce hasta un cuarto presidido por una gran mesa redonda. Apoyo la chorreante bicicleta a un lado, desligo el equipaje y me dispongo finalmente a instalarme en mi cuarto. Los relámpagos iluminan la estancia antes de que yo atine a encender las luces. El día estaba hecho. Me doy una ducha caliente y me tiro en la cama a ver el Canal Internacional de TVE, mientras ceno. La situación era la siguiente: no llevaba un solo euro encima, mi móvil estaba estropeado, la pantalla táctil no funcionaba y no podía ni marcar el código PIN; mis provisiones eran escasas y según la televisión el tiempo no prometía mejorar en los próximos días. Y lo curioso era que en el fondo todo esto me divertía, ya buscaría la manera de salir de esta, aunque todavía no sabía muy bien cómo. Cierro los ojos realmente tranquilo, mi cuerpo siente como todo el cansancio se desparrama sobre el colchón, como si pesase mucho más de lo que podía pesar, pues a estas alturas ya iba completamente consumido. Y así entro en un profundo estado de somnolencia, del que solo sería capaz de arrancarme el sonido de mi despertador, del cual me venía haciendo en los últimos días.
Nota: En general, en este viaje he sacado muy pocas fotografías, y especialmente en días como este se comprende el porqué. De ahí la importancia que guada para mí el elaborar una pequeña y amena crónica de lo acontecido. Ya habrá tiempo de ilustrar las próximas aventuras a través de bellas imágenes.
Y sigo avanzando, hasta que definitivamente la oscuridad me alcanza, justo cuando llego a las inmediaciones de la última población del día. A mi izquierda observo un puente iluminado y, al otro lado de este, dos hotelitos que se encuentran aislados de todo lo demás. Cruzo el puente con las pocas fuerzas que me quedan, y hacia el más económico de los dos me encamino. Voy rezumando agua por todos lados, como si fuese una nube andante. Dejo afuera la bicicleta y entro, encharcando las lustrosas losas en las que puedo incluso reflejarme. Me aproximo al mostrador, en el que no hay nadie. Yo me mantengo a la espera. Próximos a mí, tres chicos que acababan de acicarlarse para emprender su particular correría nocturna. Uno de ellos se acerca al mostrador y aprieta un botón que, para mí, hasta ese momento había pasado desapercibido, con la intención de echarme un cable. Al poco aparece la recepcionista, una chica rubia, alta, con anteojos de fina montura, y un tanto tímida, según me pareció. De mi rostro y de mis manos no para de manar agua, por lo que la chica se ausenta unos instantes para regresar con un montoncito de servilletas. Le pregunto si hay una habitación libre, a lo cual ella responde afirmativamente. Cuando me dispongo a pagar con la tarjeta, momento temido este, ocurre lo que tanto andaba yo presintiendo, que además de no poder sacar dinero del cajero tampoco podía pagar con ella. La chica prueba una y otra vez, yo ciertamente turbado, preguntándome ahora cómo iba a salir de esta. El efectivo del que disponía no me era suficiente, y eso le hago saber a la muchachita, la cual terminó compadeciéndose de mí y me perdonó la diferencia, cosa por la que le que profundamente agradecido. Luego me quedaba por pedirle otro favor, que me dejase guardar la bicicleta en algún lugar. Ella va a consultar y luego regresar rogándome que la siguiera. Atravesamos un pequeño pasillo y me conduce hasta un cuarto presidido por una gran mesa redonda. Apoyo la chorreante bicicleta a un lado, desligo el equipaje y me dispongo finalmente a instalarme en mi cuarto. Los relámpagos iluminan la estancia antes de que yo atine a encender las luces. El día estaba hecho. Me doy una ducha caliente y me tiro en la cama a ver el Canal Internacional de TVE, mientras ceno. La situación era la siguiente: no llevaba un solo euro encima, mi móvil estaba estropeado, la pantalla táctil no funcionaba y no podía ni marcar el código PIN; mis provisiones eran escasas y según la televisión el tiempo no prometía mejorar en los próximos días. Y lo curioso era que en el fondo todo esto me divertía, ya buscaría la manera de salir de esta, aunque todavía no sabía muy bien cómo. Cierro los ojos realmente tranquilo, mi cuerpo siente como todo el cansancio se desparrama sobre el colchón, como si pesase mucho más de lo que podía pesar, pues a estas alturas ya iba completamente consumido. Y así entro en un profundo estado de somnolencia, del que solo sería capaz de arrancarme el sonido de mi despertador, del cual me venía haciendo en los últimos días.
Nota: En general, en este viaje he sacado muy pocas fotografías, y especialmente en días como este se comprende el porqué. De ahí la importancia que guada para mí el elaborar una pequeña y amena crónica de lo acontecido. Ya habrá tiempo de ilustrar las próximas aventuras a través de bellas imágenes.
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De Irlanda a España en bici
Soldados de Salamina (JAVIER CERCAS)
Cuando en los meses finales de la guerra civil española las tropas republicanas se retiran hacia la frontera francesa, camino del exilio, alguien toma la decisión de fusilar a un grupo de presos franquistas. Entre ellos se halla Rafael Sánchez Mazas, fundador e ideólogo de Falange. Sin embargo, Sánches Mazas no sólo logra escapar de ese fusilamiento colectivo, sino que, cuando salen en su busca, un soldado anónimo le encañona y, en el último momento, le perdona la vida. Su buena estrella le permitirá vivir emboscado, protegido por un grupo de campesinos de la región, aunque siempre recordará a aquel soldado de extraña mirada que no lo delató. El narrador de esta aventura de guerra es un joven periodista que se propone reconstruir el relato real de los hechos y desentrañar el secreto de sus enigmáticos protagonistas. No obstante, un quiebro inesperado le llevará a descubrir que el significado de esta historia se encuentra donde menos podía esperarlo, "porque uno no encuentra lo que busca, sino lo que la realidad le entrega".
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Península de Dingle. (Día 8)
| Sobran las palabras... |
Pongamos ahora el supuesto de que hubiese dormido en un pastizal encharcado, en el que el viento hubiese sido lo suficientemente intenso como para desprender la lona exterior de la tienda (la impermeable) de la otra, lo cual podía haber dado lugar a que yo tuviese que salir, tal cual vine a parar a este mundo de contradicciones, bajo la lluvia o sobre ella, según se mire, a colocarla en su sitio, al menos, en dos ocasiones, antes de levantarme definitivamente, recoger y saltar una valla para retomar la marcha de cada día. Si nos ponemos en dicho supuesto, nos haremos una fácil idea de lo divertido que podría resultar, ¿verdad? Y si ya luego, al comenzar una jornada en la que tenía depositadas grandes esperanzas, nos encontramos con lo que a continuación había que encontrarse, más aún. En un viaje de este tipo es uno mismo el que marca la dureza, de eso no hay duda, pues eso uno el que selecciona los kilómetros u horas a recorrer, por dónde prefiere circular, o las condiciones que está dispuesto a soportar. Pero aun cuando no pretenda endurecerlo voluntariamente, es irremediable verse envuelto en situaciones algo engorrosas, fundamentalmente por la continuidad, porque si no es una cosa es la otra, un día sí y otro también. Así que hoy, tras lo que se intuye una noche inquietante, había que afrontar un puertecillo que nos alcanzaría hasta el conocido "Connor Pass". Esta subida la hago con fuerte viento en contra, frío, lluvia, niebla, carretera en mal estado y de pendientes acusadas, por lo que decido hacerla toda de un tirón y así quitármela lo antes posible de encima. A penas pude sentarme, tenía que ir de pie sobre la bici todo el tiempo, lo cual se dejó sentir luego en mis pobres rodillas. Pero lo peor de todo no era eso, sino que otro día más no pude disfrutar del paisaje todo lo bien que resulta deseable. De todas formas debo decir que son precisamente estas cosas las que favorecen el que realmente la experiencia sea bastante provechosa e instructiva, a pesar de mis aparentes lamentos. En medio del ascenso me tropiezo con otro viajero en bicicleta, y pienso en que éste si que supo elegir la dirección correcta. Una vez arriba paro para no disfrutar de vista alguna y enfriarme un poco más, ¡vamos, para nada! pero bueno, ahora tan solo había que bajar hasta Dingle, y en este descenso me vuelvo a encontrar a otro ciclista.
Tras una rápida y húmeda bajada llego al pueblo, donde me dirijo al primer supermercado que encuentro para hacerme con las provisiones del día, y así desentenderme ya del asunto. Mojado y muerto de frío iba yo por la sección del pan, cuando de pronto un chico y su novia se me acercan amistosamente y me pregunta que de dónde soy. Yo le contesto que español, y esto parece encender la llamita de una efímera amistad. Se trataba de un chico italiano que vivía en Dublín, que hablaba algo el español, y que movido por mi aspecto delator decidió acercarse. Luego cada uno sigue a lo suyo y yo marcho contento por haber podido conversar con alguien después de algo más de una semana. Después me doy un breve paseo por el pueblo y de allí me voy improvisando una ruta circular por el extremo occidental de la península. La carretera que tomo comienza con una extensa recta que parece no querer finalizar, para luego ascender durante unos pocos kilómetros. El día definitivamente se presentaba nublado, ventoso y con lluvia, por lo que no disfruto apenas del entorno. Aun así decido realizar el itinerario inicialmente previsto. Hay momentos como este, en que lo único que me impulsaba era el pensar que es posible que nunca vuelva a visitar tal zona, y eso hace que me lo tome con calma, me resigne y disfrute de otro tipo de cosas mientras pedaleo, ya sea de mis propios pensamientos, ya de la grandiosa sensación de libertad que vivir así ofrece. Después de haber llegado al Bradon Crrek y haber dado la vuelta, llegaba a un pueblo en medio de un aguacero considerable, por lo que no me queda otra que parar para guarecerme un poco. Aprovecho para meterme en un bar amplio y acogedor, y allí mismo me tomo un chocolate caliente. Mientras doy cuenta de él, saco mi libro y me pongo a leer tranquilamente. Instantes de recomposición. Luego de este plácido rato, salgo de nuevo y cuando me disponía a coger mi bicicleta, que estaba afuera apoyada contra el ventanal, siento unos golpecitos en el cristal, como si me estuviesen llamando. Como los golpes no cesan, vuelvo a entrar a ver si es que me había dejado algo. Pero cuando entro, a quien me encuentro es al chico italiano con su novia. Me invitan a tomar algo, pero declino cortésmente la oferta, ya que se me había hecho tarde. Aunque luego entendí que tal vez debía haber pasado un rato más con ellos. No todos los días te tropiezas con gente tan amable y amistosa.
De aquí salgo con la intención de terminar la ruta circular hasta llegar de nuevo a Dingle. El tiempo ahora me respeta, y puedo disfrutar un tanto mejor del bonito entorno. Aún no sabía muy bien cómo, pero el caso es que las horas se habían esfumado, y el día no había cumplido con las expectativas iniciales ¡no problem!, esto es así. Avanzo ahora pensando en dónde tocaría hoy dar satisfacción a mi agotamiento. Llego a Dingle, pequeño pero grato paseo y finalmente tomo rumbo salida de la península. La verdad es que me esperaba un territorio más aislado, menos transitado, con menos viviendas, menos coches, tal vez esto influyó en el asunto de las expectativas. Asimilado esto sigo y sigo avanzando, y paso un pueblito y luego otro, siempre mirando hacia los lados, a ver cómo se presentaba el terreno, si algún lugar se ofrecía a darme cobijo durante unas horas. De pronto observo en la distancia un lugar con buen aspecto, una montaña en forma de media luna con una arboleda próxima, así que tomo un desvío de tierra por el que me trago todos los bichitos de la región. Tras rebuscar un acceso en condiciones, opto finalmente por dar media vuelta, aquí no hay manera, todo acotado, o embarrado, o cualquier otra cosa que imposibilita la ¿acampada? ¿yo? ¡Nunca! ¡Que conste bien claro! ¡Jamás me atrevería ni me atreveré! ¡Eso es de gente despreciable! Sigo avanzando bajo las postrimeras luces vespertinas, subiendo o bajando agún que otro repecho, por carretera cómoda y poco transitada, hasta que llega un punto en que me resulta inútil seguir avanzando.
Entonces, también aquí podría haber girado por una estrecha entrada a la izquierda, que me introducía en una carreterucha bacheada y de pendiente a tener en cuenta. Y bajo la luz de la imaginación y entre las sombras de la incertidumbre seguí avanzando, entre casas solitarias y terrenos no del todo solidarios, sin encontrar un mísero rincón en el que poder olvidarme de mí mismo. Y seguí subiendo, y la carretera se transformó en pista, y cada vez más alejado pero cada vez más cerca de todo. Los lunares de la noche aderezaban mis pensamientos. También proyectaban sus tímidos haces luminosos sobre la tierra, como queriendo guiar mi camino, pues por mí mismo casi no era capaz de divisar las piedras, charcos y socavones que se repartían por él. Y cada vez más próximo de una cima desierta, así que termino por dar la vuelta y revalorar mi entorno. Pero por mucho que revalorase, nada por aquí, nada por allá, hasta que al final, podría haber tomado la determinación de saltar unos alambres herrumbrosos y puntiagudos, para ir a parar sobre un matojo de altas hierbas en las que clavar las piquetas era todo una hazaña. Allí mismo podría haber montado la tienda, haberme metido dentro para terminar encajado de tal forma entre tanta hierba, que al día siguiente despertaría tal cual me acosté. Extrañamente, podría haber sido la noche más cómoda de todas, probablemente en la que mejor dormiría. Pero recordemos que, todo esto, probablemente no sea sino el producto de una imaginación febril y sedienta como la mía.
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De Irlanda a España en bici
Botchan (NATSUME SOSEKI)
Botchan es un indiscutible clásico de la moderna literatura japonesa y, desde hace más de cien años, una de las novelas más celebradas por los lectores de aquel país. Considerada el Hucklebeey Finn nipón, y comparada también con El guardián entre el centeno, narra las aventuras de Botchan, un joven tokiota descreído y cínico, alter ego de Soseki, al que mandan como profesor a una escuela rural situada en la remota isla de Shikoku. En su nuevo destino pronto se topará con una serie de insólitos personajes, como el jefe de estudios "Camisarroja" o el "Calabaza", un triste profesor de ciencias de aspecto enfermizo y ánimo sombrío. Pero sobre todo se verá obligado a hacer frente a una auténtica caterva de fieros alumnos asilvestrados, que se consagrarán a hacerle la vida imposible.
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De Dunlewy a Benone. (Día 18)
Las mañanas en que despertaba bajo techo, arropado entre unas cálidas sábanas, con las que mis fatigadas pero inquietas extremidades se solían enredar, con el aroma de la pulcritud, con una estufa encendida, un baño reluciente, un espejo en el que reencontrarme y la ropa seca y recién lavada, me asaltaba un cierta sensación de inquietud, como si de alguna manera algo estuviese en desorden. Al dormir allí, me sentía extraño al hacer uso de unos medios no del todo necesarios. Pensaba que el día anterior, al despuntar el alba, que se había teñido con el dulce aroma de la tierra mojada, carecía de todas las comodidades con las que hoy contaba, y sin embargo, me levantaba con una satisfacción muy diferente a la que proporcionaba un suculento desayuno, o el poder observar, desde el otro lado, como las gotas de lluvia se deslizaban frágilmente por el cristal del amplio ventanal, y como por entre todas ellas se recortaban prodigiosamente difuminadas las esbeltas y serenas cumbres del amanecer, desde las cuales el agua dimanaba libre y pura como las suaves caricias de dos adolescentes. Y sin embargo, la satisfacción era siempre bien distinta a cuando amanecía sobre la irregular superficie de un improvisado lecho, del que costaba horrores salir a causa de la gélida brisa matinal, o el incesante repiqueteo de la lluvia sobre la lona; impregnado por el hedor que desprendía mi ropaje e inclusive yo mismo, con un desayuno escaso y en ocasiones incluso sin apenas agua con la que humedecerme los labios. Y sin embargo, me sentía cada día más pleno ante la escasez, pues me permitía valorar cuánto realmente requería y cuánto amenazaba con interponerse entre la eterna lucha hacia la felicidad y yo; sintiendo la vida a partir de lo más simple y llano, identificando
mi existencia, sintiéndome parte de algo y reencontrando algo que habitaba dentro de mí, pero de lo que nunca nadie me había hablado. Y entonces dejaba de pertenecer a todo cuanto había conocido para llegar a ser yo mismo, había sido un mero espectador y ahora estaba allí, viviendo, al fin. La cámara de fotos me pesaba más que nunca, mientras que la bolsa de piel en que guardaba mis monedas de oro, lo hacía mucho menos.
Hoy el día sería largo, estaba cansado, necesitaba un cambio y quería cambiar pronto de país, así que había que hacer, un día más, muchos kilómetros. Amanecía en las faldas del Monte Errigal, el cual me incitaba a conocer el mundo desde su cima, que el día anterior no había podido examinar debido a la espesa niebla. Yo lo miraba, indeciso. Mis piernas me pedían precaución, mi cabeza me solicitaba respirar la brisa fresca de la montaña, un sendero, la contemplación de un bonito paisaje. Y sin embargo, la prudencia ganó la partida. Lo primero que había que hacer era subir un solitario puerto, cuyas pendientes casi ni siento por la agradable sensación que provenía del magnífico escenario por el que discurría esta primera parte de la jornada. Aún recuerdo como cabalgaba por aquellos caminos, deseando no alejarme de allí, pues sabía que hoy debía atravesar demasiada urbe, y ahora, la paz y la tranquilidad eran tan cautivadoras, que me hacían poner en duda el motivo de la incesante trápala de mi vigorosa cabalgadura. Llego al final de la prolongada cuesta, donde el viento dejaba notar toda su impetuosidad. Ambos damos un pequeño resoplido e iniciamos el inquietante descenso, intentando compensar, con pequeños movimientos de hombros y cadera, las distintas embestidas de la brisa. El camino estaba mojado, por lo que los cascos de mi compañero se resbalan, inesperadamente, cuando girábamos por algún recodo. Pero todo pasó rápido, y tan solo unos minutos después ya nos encontrábamos a las puertas de una bonita propiedad con el nombre de "Glenveagh National Park". Sabía que no íbamos bien de tiempo, pero pensamos que tal vez alguna princesa en apuros pudiese estar requiriendo nuestro auxilio, pues eran tierras solitarias que se prestaban al asalto de astutos bandidos. Y con esta incoherente excusa nos adentramos por aquella senda apagada. Al poco llegamos hasta una pequeña edificación, al lado de la cual descansaban algunos carros del que tiraban escuálidos vejestorios a través de algún complejo artificio de ingeniería rústica, que nuestras mentes añejas no eran capaces de concebir, pero cuyo propietario, sin duda, debía ser el mismo. Nosotros seguimos las indicaciones que nos encaminarían hacia el castillo, en medio de un silencio aterciopelado que bien podía ser el origen de una profunda inquietud bien el indicio de una calma suprema, según se nos ocurriese interpretar. Así n
os fuimos aproximando, hasta que al fin llegamos a las puertas de la pequeña fortaleza, en la que reinaba el mismo ambiente reposado. Antes de entrar nos cercioramos de que en los alrededores todo estaba en orden. Luego de esta pequeña incursión, entramos en el castillo, donde pudimos comprobar que todo estaba tan como debía estar, que nuestra presencia de pronto se nos ofreció absolutamente innecesaria. Tal vez fuéramos forasteros en medio de una historia ajena. Así que tiré de las riendas de mi fiel amigo para que diese media vuelta y luego retrocedimos por donde mismo habíamos venido, disfrutando de las fastuosidad de las apacibles aguas del lago junto al cual todo aquello había sobrevenido. Y una vez retornamos a nuestra calzada, continuamos con paso resoluto, tras haber cumplido para con nuestra codición de nobles caballeros, uno a lomos del otro, siempre adelante, despreciando a la adversidad, en medio de nuestro incierto periplo.
El día estaba nublado pero agradable. Nos fuimos alejando por carreteras incómodas, porque se subía para luego bajar, y luego volver a subir para tener que bajar de nuevo las mil pequeñas cuestas que nos encontramos por el camino, si bien sabíamos que en algún momento debíamos descender algo más porque hoy tocaba aproximarse a la costa. Afortunadamente, la dirección del viento incidía de tal forma que, bien nos echaba una mano, bien no nos perjudicaba excesivamente. Entrar a describir con más detalles las características de este tramo se me presenta algo tedioso, así que nos lo saltaremos para pasar directamente al momento en que llegaba a la primera ciudad de la jornada, Letterkenny. Allí merodeo un tanto y luego, con la intención de acercarme a la Iglesia que coronaba la loma alrededor de la cual se asentaba la ciudad, callejeo hasta dar con una estrecha callejuela en la que encuentro una disimulada librería. Entro y al abrir la puerta, se crea una corriente de aire lo suficientemente avezada como para arrebatarle la capa de polvo a los centenares de librejos de segunda, tercera o decimoquinta mano que allí se amontonaban, y que luego quedaba ondeando en el aire. Llego hasta la diminuta esquina en que se encontraba el dependiente y le pregunto por algún libro en español: no hay suerte. Luego salgo y mientras ahora es la brisa de la calle la que me arrebataba a mí el polvo adherido a la vestimenta, observo que en el local de al lado se exponen unos atrayentes pastelitos. No lo pienso y entro a comer algo. Después termino de subir la cuestecilla hasta llegar a la Iglesia. Siento que cada día me fascinan más estas magníficas obras de arte. Y tras este breve periodo de descanso, tocaba afrontar el siguiente segmento, el que nos conduciría a Londonderry (Derry).
Más kilómetros de por medio, ahora por amplias carreteras
en que vuelvo a sentirme un insecto más navegando, indefenso, entre las corrientes apabullantes de la Civilización, esa misma que fue instaurada mayoritariamente por la hermana avaricia, que impulsa al hombre y lo somete a la sinrazón, al descontrol y a la obcecación incierta. Yo sigo respirando y nutriéndome de todo cuanto me rodea, sigo sobreviviendo, sigo aprendiendo, más sin embargo, con cada pedalada que doy parezco alejarme más y más de la verdad, el conocimiento me rehuye y yo voy tras él, sin descanso y cargado con las preguntas a la espalda, que cada día soporta una carga mayor. ¿Hasta cuándo aguantaré? ¿Cuándo llegarán las respuestas? ¿A caso tan solo debo esperar hasta el final, tal como ocurre con este tipo de viajes, en que no logras comprender hasta que todo acaba, hasta que no tropiezas, súbitamente, con todo ese trabajo que se ha ido realizando subrepticiamente, a escondidas de ti, del que luego emanan extraordinarias emociones que no son sino el humo provocado por el fuego de lo inalcanzable? Esperaré entonces, no tengo prisa, la vida me sigue esperando. Y desvariando de esta forma sigo avanzando, hasta que un puñado de kilómetros después llego a Derry en una tarde triste y apagada. Por allí vuelvo a merodear entre los paseantes, alcanzo la muralla y doy una vuelta por ella, pero tampoco quiero entretenerme mucho, pues aún quedaba día por delante y el tiempo se me seguía echando encima.
Cruzo el río por el puente peatonal y poco a poco vuelvo a introducirme por nuevas vías de constante circulación. Este día recuerdo que se me hizo especialmente cansino, no sé si por la gran cantidad de kilómetros, los cuales por otro lado desconozco, o por el contraste entre la primera parte y el resto del día, el caso es que se me hizo realmente interminable. En la mente tenía llegar hasta un camping concreto situado en la costa, pero pensaba que existía la posibilidad de alcanzarlo sin apurar tanto, y sin embargo, como no, volvía a ver como la luz se iba escabullendo lentamente. Mucho más adelante abandono la vía principal para tomar el desvío que me arrastraría por carreteras más silenciosas, cuando los amiguitos de cada atardecer hacen acto de presencia. Los bichitos voladores, que se arracimaban en el aire e iban a parar a todas partes. Entonces más te valía tener la boca cerrada y las gafas puestas, aunque aun así, no sé muy bien cómo, terminaban accediendo igualmente al interior de tu boca o tus ojos. Más bichos, menos visibilidad y... claro, me había olvidado de que en estos últimos kilómetros los paneles informativos señalaban millas y no kilómetros, tal vez de ahí el que esta última parte se me hiciese especialmente lenta. Sigo avanzando, de noche unos breves minutos, hasta que llego a un cruce en donde pregunto a una pareja que iba paseando. Estos me indican que el camping (uno de los que había) se encuentra muy próximo, así que hacia allí me dirijo sin demora. Cuando llego, en la casetilla de la entrada no hay nadie: entro igualmente. El camping es bastante amplio. Me pongo en busca de un lugar próximo a los aseos y cuando decido donde establecerme, al lado de una familia, uno de los componentes de la misma, un chico joven con una copa de vino en la mano se me aproxima amistosamente. Luego aparece el hermano y el padre, gente muy agradable. El chico de la copa en la mano, sin soltarla un solo momento, se ofrece para hacer de intermediario con la persona encargada del lugar, a la cual nos pusimos a buscar en amena conversación, o intento de conversación, pues a mis dificultades por entender el idioma se le sumaban las de entender a alguien cuya lengua no articulaba sus movimientos todo lo bien que pudiera haberlo hecho si su propietario no tuviese pegada una copa de vino a la mano. Localizamos al señor, me da las llaves de los baños, le pago y retornamos. Después de estos momentos de socialización y muy agradecido por la ayuda y la compañía (el chico era realmente majo) me voy a dar una ducha calentita y de vuelta a la tienda a cenar, leer, escribir y dormir, la rutina de cada anochecer.
Hoy el día sería largo, estaba cansado, necesitaba un cambio y quería cambiar pronto de país, así que había que hacer, un día más, muchos kilómetros. Amanecía en las faldas del Monte Errigal, el cual me incitaba a conocer el mundo desde su cima, que el día anterior no había podido examinar debido a la espesa niebla. Yo lo miraba, indeciso. Mis piernas me pedían precaución, mi cabeza me solicitaba respirar la brisa fresca de la montaña, un sendero, la contemplación de un bonito paisaje. Y sin embargo, la prudencia ganó la partida. Lo primero que había que hacer era subir un solitario puerto, cuyas pendientes casi ni siento por la agradable sensación que provenía del magnífico escenario por el que discurría esta primera parte de la jornada. Aún recuerdo como cabalgaba por aquellos caminos, deseando no alejarme de allí, pues sabía que hoy debía atravesar demasiada urbe, y ahora, la paz y la tranquilidad eran tan cautivadoras, que me hacían poner en duda el motivo de la incesante trápala de mi vigorosa cabalgadura. Llego al final de la prolongada cuesta, donde el viento dejaba notar toda su impetuosidad. Ambos damos un pequeño resoplido e iniciamos el inquietante descenso, intentando compensar, con pequeños movimientos de hombros y cadera, las distintas embestidas de la brisa. El camino estaba mojado, por lo que los cascos de mi compañero se resbalan, inesperadamente, cuando girábamos por algún recodo. Pero todo pasó rápido, y tan solo unos minutos después ya nos encontrábamos a las puertas de una bonita propiedad con el nombre de "Glenveagh National Park". Sabía que no íbamos bien de tiempo, pero pensamos que tal vez alguna princesa en apuros pudiese estar requiriendo nuestro auxilio, pues eran tierras solitarias que se prestaban al asalto de astutos bandidos. Y con esta incoherente excusa nos adentramos por aquella senda apagada. Al poco llegamos hasta una pequeña edificación, al lado de la cual descansaban algunos carros del que tiraban escuálidos vejestorios a través de algún complejo artificio de ingeniería rústica, que nuestras mentes añejas no eran capaces de concebir, pero cuyo propietario, sin duda, debía ser el mismo. Nosotros seguimos las indicaciones que nos encaminarían hacia el castillo, en medio de un silencio aterciopelado que bien podía ser el origen de una profunda inquietud bien el indicio de una calma suprema, según se nos ocurriese interpretar. Así n
Más kilómetros de por medio, ahora por amplias carreteras
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De Irlanda a España en bici
Yo confieso (JAUME CABRÉ)
Si la tienda de antigüedades de la familia es todo un universo para el niño Adrià, el despacho del padre es el centro de ese universo y su tesoro más preciado un magnífico violín storioni, en cuyo estuche aún se aprecia la sombra de un crimen cometido muchos, muchos años atrás.
La infancia y la adolescencia de Adrià, llena de preguntas sin respuesta, está dedicada al estudio de la historia y de las lenguas, siguiendo los deseos paternos, y a la práctica del violín, tal y como quiere la madre, hasta que la muerte del padre le sume en un estado de culpabilidad que impregnará su existencia y puebla su mundo de turbios secretos que le acompañarán toda la vida.
Yo confieso es una monumental y soberbia novela, y una valerosa carta de amor, al tiempo que el conmovedor mea culpa de un hombre cuya vida, como la de la vieja Europa, oscila entre la sombra del mal y la posibilidad de redención.
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De West Witton a Triangle. (Día 25)
Un día más, la mañana se presentaba triste y solitaria, con sus nubes rociadas de melancolía y una trémula brisa sustentándose sobre los deshojados árboles, los cuales flanqueaban las aguas de un riachuelo cuyo murmullo escuché aun antes de abrir los ojos. Hoy, tras el breve desayuno de cada mañana y guardar cada cosa en su lugar, tocaba cambiar las pastillas del freno trasero, tarea que me ocupó su tiempo y en la cual tuve que soportar una lánguida e inoportuna llovizna. Luego de estos primeros instantes, avanzo los cien metros escasos que me separaban de la carretera, a la que accedía junto a un bonito puente de piedra. Miro hacia ambos lados y sobre el asfalto mojado comienzo las primeras pedaladas de la jornada.
Este fue el día con que más excursionistas tropecé. Primero lo hice con un grupito que iba en bicicleta, con el que circulé unos minutos, y luego con los distintos caminantes, a los cuales en cierta medida envidiaba. Pensaba en lo acostumbrados que ellos estarían a esta desalentadora climatología, en que probablemente esto fuese algo frecuente en sus días al aire libre, y entonces me era inevitable sentirme afortunado por vivir donde he vivido, cómo si realmente hubiese motivo para ello, cómo si cada rincón de este planeta no fuese capaz de ofrecernos algo maravilloso con lo que deleitar nuestra efímera presencia. A pesar de la lluvia, estos fueron momentos muy agradables, ¡cómo no iban a serlo!. Sigo avanzando y haciendo kilómetros, hasta que entro en una segunda fase. Poco a poco me alejo de estos cautivadores parajes, cojo una carretera por la que avanzo sin mucha dificultad y me adentro en mi propio mundo de ideas, quimeras y cálidos pensamientos, de tal manera que las distancias se reducen, aunque el tiempo, como siempre (el muy...), sigue transcurriendo. Fueron kilómetros de mucho provecho, momentos que se te presentan sin previo aviso y te sorprenden por su profunda lucidez, por la libertad que te hacen alcanzar, porque te permiten emigrar de aquel escenario compartido para conducirte a uno cuyo contenido solo tú conoces. Luego te preguntas "¿qué habrá pasado durante todos estos kilómetros? ¿Qué me habré perdido? ¿Habré estado a punto de irme al suelo?" Y así llego a Skipton, donde me recibe un mercado atestado de alegres paseantes, que visitan las blancas carpas instaladas a ambos lados de la calle. Yo, primero me aproximo al castillo que se encuentra próximo, y ya luego me uno a la romería. Entro en dos librerías y pregunto si por casualidad tienen algún libro en castellano, pues a la "Historia de dos ciudades" de Dickens, cuya compañía ha sido de un valor incalculable, se le habían acabo las páginas. Pero mis alforjas sonríen, pues no podría someterlas a la pesada carga de nuevas historias. De allí me voy en busca de un supermercado, como no. Hoy toca una gran superficie, en la que entro mojado y muerto de frío, pues las distintas neveras que en estos residen, terminan provocando que tenga más frío dentro que fuera del supermercado.
Una vez aprovisionado, retomo la marcha camino de todavía no sé muy bien dónde, aunque cojo una carretera nacional de las buenas, por la que vuelven a circular motos, coches y camiones a sus velocidades desorbitantes. Aquí vuelvo a marcarme objetivos cortos, con la intención de que se me haga más ameno el camino, mientras pienso en encontrar un pequeño rincón en el parar para comer. Pero esto no resulta fácil, hasta que llego a una zona industrial, en donde aprecio una mesita con sus sillas de plástico, junto a una caseta de obras que, a su vez, se encuentra aneja a una exposición de caravanas. Allí, escojo el diminuto asiento con el menor charquito de agua, me instalo y doy buena cuenta de un pollo asado. Podría, ahora, suprimir estos detalles, pero... ¿para qué? La cuestión es que engullí la carne como si de auténtico salvaje me tratase, más bien creo que los salvajes disponen de mucho más refinamiento que el mío, eso casi seguro, pues había que ver como devoré más de la mitad de aquel pollo, cuyos restos me reservé para la cena. Pero pensaba: "qué más da, tu saca al animal que llevas dentro y disfruta de poder sentir, tan cerca de la luz, a tus más primitivos instintos". Pero claro, de espaldas a la exposición no podía vislumbrar a las tres figuras que se me aproximaban, hasta que ya estaban demasiado cerca. Y qué magnífica sensación me aportaba el no haber facturado a la Verguenza en el billete de ida a Dublín. Con la boca como la de un bebé recién comido, y las manos completamente impregnadas de grasa, regreso a la era que nos ocupa, me observo y mi cabeza, de manera mecánica, se desplaza hacia un lado y otro como en un gesto de resignada aceptación. Luego la luz del día me susurra que hoy no piensa retrasar el ocaso por mis constantes actos de imprudencia, así que pronto me pongo en marcha y sigo improvisando. Observo uno de los campings que previamente había señalado en el mapa, y pienso que, en teoría, estoy a tiempo de llegar antes de que la noche caiga encima mia un día más.
El próximo destino era Bradford, y hacia allí me dirijo en una nueva contrarreloj contra el sol. Cuestas por aquí y por allá, y más lluvia, hacen que lo que en el mapa parecía una distancia aceptable, se convirtiese en un nuevo tormento, pues no terminaba de llegar nunca, y cuando lo hago, tras una imprevista y prolongada bajada entre casas y comercios, y paro, ya estaba empezando a oscurecer. Ahora tocaba dar con la salida adecuada para ir aproximándome a la población en que se encontraba ubicado el camping. Y la noche a puntito de llegar. El problema de que te coja la noche no es otro que el que, si te encuentras en las proximidades de un núcleo urbano, el improvisar un lugar donde dormir se vuelve muy complicado, a no ser que montes la tienda en el jardín de algún alma de transigencia inusitada. Aquí podría decir que comenzaba una jornada aparte, como tantas veces ocurriera a lo largo de la travesía.Pedaleo por amplias carreteras, atento a las distintas señalizaciones y en busca de la vía que me interesaba. Llego y atravieso varios cruces, en cuyos semáforos desespero un tanto porque me hacen contemplar como la luz se sigue extinguiendo, hasta que encuentro un desvío en el que me parece distinguir la dirección correcta. Entonces, empiezo a subir una prolongada cuesta. Voy realmente agotado, las piernas a penas me responden, y la larga avenida no para de subir y hacerme detener en uno y otro semáforo. La impotencia empieza a surgir. Y sigo subiendo, y pronto dejo de sentir las piernas y acelero. Cuando me doy cuenta parecía que estaba luchando por la victoria de etapa de alguna vuelta ciclista. Tales eran mis ansias de acabar con la tortura. Pero la noche me alcanza y la carretera no para de subir, mientras me deshogo lanzando todo tipo de maldiciones sobre el rugoso asfalto. Tampoco siento ya el frío o la intensa sudoración, hasta que poco a poco empiezo a alejarme, las calles a oscurecerse y yo a pensar que esta no era la carretera acertada. Entonces paro junto a un pequeño y aislado establecimiento, en cuya puerta se encontraba aparcado un todo terreno. Le pregunto a señora que lo ocupa, pero pocas referencias me ofrece.
Abandono el lugar pensando en que todo aquello debía ser producto de una imaginación cada vez más agitada, y en que a lo mejor las agujas del reloj, por una vez, hubiesen tenido piedad de un humilde vagabundo como yo. No fue así. Ya no sabía si seguir e improvisar algo o dar media vuelta, resignado, e intentar encontrar la carretera correcta. Opto por improvisar y sigo subiendo un poco más, hasta que puedo apreciar, por las lejanas luces que iluminan el fondo de un profundo cauce, y las otras que parpadeaban desde lo alto de la otra cresta, todo lo que debía haber ascendido. Más adelante me encuentro un restaurante aislado en aquella vía desierta, haciendo esquina e bien iluminado. Me acerco, echo una ojeada por una de los cristales y como veo gente, entro. Allí me miran con extrañeza, para no variar, y yo les pregunto si saben cómo podría acceder a la población que andaba buscando desde un inicio. Después de haberse mirado los unos a los otros, en silencio y con un encogimiento de hombros, un chico joven se ofrece a echarme una mano. Salimos y me explica por dónde debía ir, aunque me advierte que aún me quedan unas cuantas millas. Salgo por la otra carretera que delimitaba el restaurante y, para mi fortuna, ésta se encuentra iluminada por una tímida hilera de farolas, que van cambiando de un lado al otro de la oscura calzada. Y entonces empiezo a descender, evidenciándose así el esfuerzo inútilmente desempeñado. Como no veo muy bien voy con los dedos pegados a los frenos. Doy con algunos cruces. Los primeros los reconozco en las instrucciones recibidas, pero ya luego no me queda otra que seguir improvisando y rezar porque alguien apareciese en medio de aquel desolado paisaje. Cuando llego a una urbanización, a través de algún que otro ventanal, puedo vislumbrar que allí, tras aquellos tabiques empedrados, la vida seguía su curso, bien a través de una televisión en marcha, bien por medio de un señor sentado en su sofá con un libro en las manos. Pero afuera, ni rastro, hasta que llego a un nuevo cruce que me conduce hasta una vía principal, en donde encuentro dos hombres que paseaban bajo la penumbra. Me dirijo hacia ellos, y estos me indican que voy en la dirección correcta, que debía seguir descendiendo por tal carretera hasta alcanzar el penúltimo pueblo de la jornada. Y allá voy. Sigo bajando, llego al pueblo, a otro cruce y tuerzo a la derecha, momento en que, visto lo visto, prefiero cerciorarme y volver a preguntar a un pareja que paseaba por allí. El chico, tras haber superado el sobresalto inicial que produce un extraño que se te aproxima en mitad de la noche, me confirma que voy bien, que me queda poco y que todo es plano. ¿Plano? Más le vale que no venga a Canarias de vacaciones y me lo tropiece, pues voy a ampliarle yo algunos conocimientos. Es lo que tiene ser un viajero, que de pronto te tropiezas con un listillo que se aprovecha de tu situación para darle gusto a su ingenioso concepto de gracia. Sigo, pues, llaneando, preguntándome porqué si es plano, cada vez voy más lento y más cansado, cuando a lo lejos me parece vislumbrar la lucecilla de un ciclista. Como iba sobrado de fuerzas, acelero y le doy alcance. Luego del correspondiente sobresalto, le pregunto por el camping, y este, muy amablemente, se ofrece a indicarme exactamente dónde se encuentra ubicado. Vamos juntos, charlando, o intentando charlar, y son estas cosas las que eclipsan a las otras, la tremenda amabilidad de la gente normal, que habita en cualquier parte, y que éstos viajes me presentan un día y otro, sin descanso. Llegados a mi desvío nos despedimos. Yo bajo una fuerte pendiente para enseguida salvar un pequeño río gracias a otro puente de piedra. Justo al finalizar este debo girar a la derecha y enfilar una nueva, oscura y solitaria cuesta, acabada la cual ya me presenta justo a la puerta del camping.
Pero aquí no acaba el asunto, no, esta vez, no. Pues cuando llevaría alguna hora durmiendo, a la caseta que se encontraba a la derecha de la mía, llegan unos chicos un tanto perjudicados, imagino yo, que por el alcohol, armando una trapatiesta importante, devolviéndome a la vigilia por momentos. Les escucho hacer comentarios sobre la bicicleta, que pueden ver perfectamente, pero que se encuentra bien sujeta a la tienda. Entonces pienso en que la cosa, al final, va a terminar por complicarse, y lo curioso es que a partir de aquí comienza una dura pugna entre mi intenso agotamiento y la intranquilidad de saber a personajes tan ridículos próximos a mí, cuyas intenciones, descuidos u ocurrencias eran toda una incógnita en tan penoso estado. Pero de dicha pugna salió vencedor el tremendo cansancio, así que cualquier cosa que puede contarles a partir de aquí, no sabría decir con exactitud si forma parte de un sueño o de la realidad. Algo realmente curioso, la verdad, el caso es que no descansé nada bien, pero tampoco hubo que lamentar ningún altercado. También es curioso sentir como tu personalidad parece transformarse ante algunas situaciones, como se desarrolla un instinto en cuyos detalles no vamos a entrar. Y hasta el día siguiente, o unas horas más tarde.
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De Irlanda a España en bici
De Bruselas a Burdinne. (Día 36)
Después de la odisea de las últimas horas del día anterior, y gracias, como no, a la reconstituyente acción de una ducha caliente, unas sábanas limpias y la confortabilidad de un colchón, amanecía descansado y con el ánimo un tanto repuesto. A esto ayudó, también, la reconciliadora luz del sol, que penetraba alegremente a través del ventanal de aquella habitación. Atraído por el fulgor de aquella luz me asomé a la ventana, y pude comprobar, por entre lo alto de los edificios, cómo el cielo aparecía teñído de un azul esperanzador. Acto seguido, bajé los dos pisos que me separaban del desayuno. Allí doy cuenta de él, rodeado de viajeros de todas las nacionalidades; algunos en familia, otros en compañía de sus amigos, y unos pocos, como yo, junto a la más madrugadora soledad. Una vez arriba, tocaba realizar la laboriosa tarea de ordenar las alforjas, para luego ataviarme con la misma pestilente muda del día anterior. El chico brasileño, medio resacoso, se desperezaba; la chica japonesa, abandonaba la habitación antes que yo. Del otro no supe más, cuando desperté ya no estaba. Inicialmente se me había ocurrido hacer alguna visita en la ciudad, pero la hora que ya se había hecho, y que de lo que realmente sentía ganas era de abandonarla cuanto antes, provocaron que no demorara ni un instante mi partida. Para ello, bien podía ponerme a la búsqueda de la carretera que, según el mapa, más convenía a mi supuesto destino; bien podía, sencillamente, tomar al sol como referencia y seguir la dirección que este me indicara, pues mi rumbo era el este, y ya luego, en las afueras, ver la manera de conectar con las vías más convenientes para alcanzar mi destino. Finalmente opto por esta segunda opción.
Cojo la primera carretera que encuentro nada más salir del youth hostel, para luego seguir, como hemos dicho, por aquellas vías cuya orientación estuviese próxima a la posición en que fácilmente se podía deducir se había dado la salida del sol. Así, poco a poco, comienzo a alejarme del centro de la ciudad, tomando para ello una ligera subida que termina adentrándome por una profusa arboleda. De la ciudad al campo en cuestión de tan solo unos minutos. La carretera es amplia, y por ella continúo hasta que unos kilómetros más adelante me doy cuenta de que, casualmente, iba por la carretera que debía. Todo una fortuna si no fuese porque unas apresuradas nubes se situaron sobre mí y comenzaron a remojarme por completo, aunque por suerte se adivinada era una lluvia esporádica.
Fue este un día de cierta zozobra, a pesar del sosiego con el que había amanecido. ¿Por qué? Pues por los distintos motivos que se irán viendo a continuación, pero cuyo inicial precursor fue la sensación arrastrada desde días atrás, que consistía en la inquietud surgida al estar, durante tantos kilómetros, transitando constantemente próximo a los distintos núcleos urbanos, áreas industriales y comerciales, con la infatigable compañía de coches, motos y camiones, con sus diferentes sonoridades y sustancias expelidas, cuando precisamente lo que suelo hacer es huir de todo ello. Sabía que la totalidad de este viaje no tenía por objeto el mismo que suelo asignarle a otros, pero aun así, aun sabiendo y siendo consciente de ello, me resultaba imposible no pasar por momentos realmente exasperantes. Constantemente atento a los infinitos cruces de carreteras, en los que paraba, examinaba mil y una vez el mapa, e intentaba cerciorarme de estar escogiendo la carretera más adecuada, con la intención de evitar hacer kilómetros de más; y con ojo avizor en todo momento (o casi todo), circulaba, unas veces, por la calzada, y otras, por los distintos carriles habilitados para bicicletas, que tienen, en muchas ocasiones, la peculiaridad de no encontrarse en el estado más deseable para alguien que pasa tantas horas sobre ella, y por este motivo pasaba directamente a ocupar me pequeña porción de carretera, lo que originaba verdadera indignación en algún que otro conductor. Claro, no se les puede exigir un pizco de empatía en estos casos, pues... ¿cómo y porqué deben ser ellos conocedores de tus circunstancias?, así que me tomo con suma calma esta serie de reprobaciones, como quien escucha un pajarillo cantar, o el viento susurrar por entre las ramas de los árboles. Destacar, eso sí, como ya es sabido, la extensa red de carriles para bicicletas existente en este país, ya no solo en el interior de las distintas ciudades, por las que los habitantes circulan empleando este medio ya sea para ir a trabajar, comprar el pan o asistir a la misa del domingo, sino también a lo largo de las diversas vías interurbanas que comunican unas poblaciones con otras.
Hacia el mediodía, cuando iba por uno de esos carriles, de pronto, para mi completo desorden anímico y espiritual, el pedal izquierdo se va completamente al suelo. Sabiendo de las posibles y trágicas consecuencias que podían derivarse de un acontecimiento tan simple e insignificante, antes que nada, apoyo la bicicleta contra un tabique, cojo las pocas galletas que aún me quedaban dentro de su paquete, y las ingiero con una calma reflexiva tal que puede considerarse fueron las galletas más sabrosas jamás paladeadas. Mientras degustaba tan delicioso momento, observo como a tan solo unos cien metros escasos de mi posición, como si otra mágica mano la hubiese colocado allí para una situación de emergencia como aquella, aparece una parada de guaguas, con su correspondiente marquesina, como una señal que se ofrecía de forma solidaria y generosa, que me invitaba a aceptar la situación y facilitaba la puesta en marcha de una huida. Venía cansado, desmotivado, aturdido, y con la única intención de llegar a Suiza lo antes posible, así que esta situación definitivamente parecía exhortarme al abandono, por lo que durante unos breves instantes me planteo avisar a Andrea y advertirle de mi posiblemente pronta aparición. Aún no había siquiera valorado realmente la gravedad de la avería, y cuando lo hago, tampoco quedo satisfecho, pues no sabía reconocer si el problema era que sencillamente se había desenroscado la palanca o si era el eje pedalier el que se había averiado, en cuyo caso la opción estaba clara. Entonces decido abandonar hasta que no quedase otra opción, por muchas paradas de guaguas que se me presentasen, todavía me quedaba un pedal, así que sin saber muy bien cual podría ser la solución ni cuanto soportaría tan deplorable estado, sigo pedaleando con la pierna derecha, mientras en mi mano izquierda me había quedado sujetando la pieza desprendida. Y como muestra de que esa era la actitud a mantener, cual resultado de una ávida imaginación, como náufrago observando, moribundo y con trémula mirada, una isla repleta de suculentas riquezas, entorno a un millar de metros más adelante me encuentro ante la puerta de un taller mecánico. Miro al cielo: sigo sin ver nada. Me aproximo y observo como un señor de grueso bigote, pelo revuelto y ostensible delgadez embutida en un mugriento uniforme, se disponía a abandonar el lugar. Me precipito hacia él y, sin articular palabra, en un acto de silenciosa desesperación, le presento la pieza y señalo la bicicleta. Éste te acerca, la mira un segundo, y sin tampoco pronunciar palabra, ni hacer mueca alguna, me da la espalda y se dirige parsimoniosamente hacia el fondo del taller. Al minuto vuelve provisto de diversas herramientas. Coloca el pedal como a él mejor le parece, aprieta, aprieta y aprieta, y con la misma inexpresividad y serenidad de antes vuelve al fondo del taller a colocarlas en su lugar, casi sin darme tiempo de agradecerle sus desinteresadas atenciones. Todo esto pudo tardar en acontecer, en total, no más de cinco minutos, el tiempo que hizo falta para encontrarme milagrosa y nuevamente inmerso en mi empresa. El pedal, aparentemente, en perfecto estado. El señor, imagino que acabó por abandonar el lugar después de haberme deleitado con tan peculiar y extraña forma de cordialidad. Yo, seguí mi rumbo un tanto perplejo por tan repentino incidente y tan inesperada solución.
Pero esto no era todo, en absoluto, pues, apenas una hora más tarde, tras atravesar las obras de la vía principal de otro pueblo, una de las piezas del transportín se parte, por lo que todo el peso de las alforjas se va hacia un solo lado, tropieza con la rueda y hace que el continuar sea algo inviable. Allí mismo debo parar. La exasperación interna alcanza, por unos instantes, cotas inimaginables, pero pronto siento como me voy inmunizando, no queda otra, en el fondo tiene su gracia. "Pero... - me preguntaba - ¿Por qué todo en el mismo día?" Desprendo el equipaje, lo coloco sobre un pequeño muro, doy la vuelta a la bicicleta, saco las herramientas y comienzo con la operación. Hay que decir que lo que había hecho era un apaño para que el transportín (porta-alforjas) me fuese útil, por lo que la pieza partida no pertenecía al conjunto del elemento en sí, y, teniendo en cuenta que los repuestos que llevaba ya habían sido empleados para remendar el remiendo, no me quedaba otra que echarle imaginación al asunto. Entonces me rio de los cubitos de colores, de los sudokus y del mismo tetris. El tiempo apremia y yo me las intento ingeniar como puedo, con las escasas piezas y tornillos de los que disponía en la mano, cuando de pronto aparece junto a mí una señora en babuchas, con sus cenicientos cabellos, su tez bien conservada y la mirada candorosa que, mientras yo sigo en mi empeño, rodea el improvisado escenario, muy próxima, con sus ojos fisgones posados primero sobre la bicicleta, y luego sobre mis manos, que ya se encontraban completamente embadurnadas de grasa y aceite. Yo, que de belga se menos aún que de mecánica, y ella, que de español sabía menos que yo de ingenios de ferretería, nos miramos, y entonces asisto a un hecho insólito para mi: no éramos capaces de comunicarnos, ni lo más mínimo, mientras nos mirándonos a los ojos. Retomo mis labores con cierta pena de no poder corresponder la extrañamente manifiesta preocupación de la señora. Ésta, entonces, se da la vuelta, en dirección a su casa, que se encontraba al otro lado de la acera, cuando inopinadamente escucho como se aleja en medio de un extraño refunfuñando, en el que lo único que me parece reconocer es una palabra similar a "turista". Vamos, algo así como un: ¡Finfunfangoferfis-turis- grrss-mmm! Yo me quedo momentáneamente perplejo, pues todo había apuntado a una actitud amable e incluso afectuosa, mas sin embargo luego quedé embargado por la sensación de que la señora más bien se encontraba disgustada por algo que yo no lograba comprender. Sigo, pues, a lo mío. Tornillo para adelante, tuerca para atrás, llave inglesa para arriba, llave allen para abajo, por aquí, por allá, esto no se mantiene recto, así seguro que se rompe... mmmmm!! Y entonces aparece de nuevo la señora, ahora con un pequeño balde, una pequeña toallita y una pequeña pastilla de jabón. Imaginé que todo ello para devolver a mis manos su coloración habitual. Le agradezco el gesto como puedo y sigo a lo mío. Ella vuelve a rodear y fisgonear. Luego, otra vez se da la vuelta, enfila el camino a su casa y emite un nuevo y desconcertante refunfuño, con la misma palabrita intercalada. Yo, sigo sin comprender y reparando en el valiosísimo tiempo que se me seguía escurriendo por entres mis cochambrosas manos. Y cuando me parece haber dado con una solución al menos transitoria, vuelve a aparecer otra vez la señora, ahora provista de una caja de plástico transparente repleta de tornillos, tuercas y demás utensilios. Mi desconcierto sigue en aumento. Le señalo mis herramientas para hacerle entender que ya iba provisto, pues tras echar una rápida ojeada nada de lo que traía mejoraba mi situación. Y, para no dilatarnos más, nos despediremos de la graciosa señora con su último y singular refunfuño, como no, en el que no faltó la simpática palabrita. Poco después terminaba yo con mi remiendo. Colocaba el equipaje sobre el transportín, nada convencido, por cierto; me lavaba las manos, le dejaba el balde junto a la puerta de su casa y volvía a subirme a la bicicleta.
Reanudo mi camino un tanto temeroso por la aparición de algún nuevo incidente, e intentando evitar todos los socavones que mi pericia me permite. Unos kilómetros más adelante me tropiezo con una tienda de bicis, en la que paro con la ingenua intención de tentar a la suerte. Pregunto si por casualidad disponen de piezas capaces de sustituir el desastroso apaño acabado de realizar. No hay suerte, y entiendo que la tarea se presenta harto complicada. Sigo, desde allí, unos quince kilómetros más, hasta que vuelvo a encontrar otra tienda. Vacilo un tanto "¿para qué, si seguro que tampoco tienen y el día se me sigue echando encima?" Pero la llovizna termina por hacer que me decida a entrar. Echo un vistazo, hago uso del aseo y entonces, paso directamente a presentarle mi problema al dependiente, el cual me remite, sobre la marcha, al mecánico, de rasurada mollera y bonitos ojos verdes. Aquel, con sorprendente solicitud me invita a que la entre y desligue el equipaje (otra vez). Acto seguido la sujeta en el aire por medio de dos cadenas que cuelgan del oscuro techo, tan oscuro como oscuras se encontraban por entonces mis esperanzas. Y de pronto, comienza a ir para un lado y para el otro, en busca de las llaves necesarias, de más tornillos y tuercas, sin apenas haber reparado en la problemática real del asunto. Resulta que la esposa del agradable y presto amigo era cubana, por lo que hablaba el castellano, cosa que se agradece sobremanera. Siendo así, más sencillo resultó mi intento por abrirme paso por entre sus vertiginosas habilidades, a fin de esclarecerle el verdadero problema. Comprende rápidamente, y rápidamente retoma el asunto. Arandela va, arandela viene, aprieto aquí, empujo allá, y así durante un largo rato, hasta que al fin parece que la cuestión queda, al menos a simple vista, resuelta. Y mientras me dispongo a sujetar nuevamente las alforjas, saca un mapa de Cuba y lo extiende sobre el suelo. Al parece suelen ir todos los años de vacaciones, hospedándose en la población de que es originaria su mujer y cuya ubicación, como no, me señaló sobre el mapa. Me habla un rato sobre la isla, y hace alarde de esas dadivosidad propia de muchos viajeros, de la que es grato contagiarse. Atónito aún por este nuevo e inesperado giro, marcho de allí con el espíritu henchido de energía y buenas vibraciones. ¡Gracias, amigo!
Reanudo mi camino un tanto temeroso por la aparición de algún nuevo incidente, e intentando evitar todos los socavones que mi pericia me permite. Unos kilómetros más adelante me tropiezo con una tienda de bicis, en la que paro con la ingenua intención de tentar a la suerte. Pregunto si por casualidad disponen de piezas capaces de sustituir el desastroso apaño acabado de realizar. No hay suerte, y entiendo que la tarea se presenta harto complicada. Sigo, desde allí, unos quince kilómetros más, hasta que vuelvo a encontrar otra tienda. Vacilo un tanto "¿para qué, si seguro que tampoco tienen y el día se me sigue echando encima?" Pero la llovizna termina por hacer que me decida a entrar. Echo un vistazo, hago uso del aseo y entonces, paso directamente a presentarle mi problema al dependiente, el cual me remite, sobre la marcha, al mecánico, de rasurada mollera y bonitos ojos verdes. Aquel, con sorprendente solicitud me invita a que la entre y desligue el equipaje (otra vez). Acto seguido la sujeta en el aire por medio de dos cadenas que cuelgan del oscuro techo, tan oscuro como oscuras se encontraban por entonces mis esperanzas. Y de pronto, comienza a ir para un lado y para el otro, en busca de las llaves necesarias, de más tornillos y tuercas, sin apenas haber reparado en la problemática real del asunto. Resulta que la esposa del agradable y presto amigo era cubana, por lo que hablaba el castellano, cosa que se agradece sobremanera. Siendo así, más sencillo resultó mi intento por abrirme paso por entre sus vertiginosas habilidades, a fin de esclarecerle el verdadero problema. Comprende rápidamente, y rápidamente retoma el asunto. Arandela va, arandela viene, aprieto aquí, empujo allá, y así durante un largo rato, hasta que al fin parece que la cuestión queda, al menos a simple vista, resuelta. Y mientras me dispongo a sujetar nuevamente las alforjas, saca un mapa de Cuba y lo extiende sobre el suelo. Al parece suelen ir todos los años de vacaciones, hospedándose en la población de que es originaria su mujer y cuya ubicación, como no, me señaló sobre el mapa. Me habla un rato sobre la isla, y hace alarde de esas dadivosidad propia de muchos viajeros, de la que es grato contagiarse. Atónito aún por este nuevo e inesperado giro, marcho de allí con el espíritu henchido de energía y buenas vibraciones. ¡Gracias, amigo!
A todas estas se me habían hecho las tantas y yo sin comer, por lo que en cuanto diviso un supermercado me dirijo hacia él para aprovisionarme, justo cuando volvía a llover, por lo que esta vez tocaba comer en la misma puerta del supermercado. El resto del día, que no era mucho, transcurrió con cierta normalidad, atravesando los diferentes cruces de camino e improvisando una nueva alternativa, pues la intención era la de pasar por Lieja, pero en vista de las circunstancia decidí suprimir esta visita y acortar camino. La tarde caía encima mía, junto a más y más gotas de lluvia, cuando inesperadamente comenzó a hacer un frío considerable. Pronto me doy cuenta de que no llevo los guantes más apropiados, pues se empiezan a congelar de tal forma que parece que me están devorando la piel diminutas pirañas voladoras. El terreno está completamente yermo y el viento azota también con fuerza. "Pero... ¿Por qué?", me pregunto un días más. El frío es cada vez mayor y voy completamente calado. Solo deseo encontrar el más insignificante lugar en donde refugiarme, pero este no aparece hasta un rato después, cuando llego junto a una iglesia. Abandono la bicicleta a su suerte junto a unos contenedores de basura que se encontraban justo a lado, mientras yo me cobijo en el zaguán de la parroquia, tembloroso y completamente aterido de frío. Entonces entra una señora con expresión ausente, a la que le pregunto si existe algún camping próximo. Me da entonces ciertas indicaciones que me hacen entender que, próximo, próximo, no está. Ella se dirige a ocupar su correspondiente reclinatorio, mientras yo voy, muy muy lentamente, desprendiéndome de algo de frío, cuando ahora quien entra es un amable señor que habla algo el español. Con él charlo unos instantes y aprovecho para preguntarle, pues la experiencia me dice que hay que insistir, siempre insistir, si conoce de algún camping próximo, a lo que me responde que juntamente a doscientos metros hay uno. Entonces me indica que tiene prisa, que tiene que dar la misa, momento en el cual comprendo que ese afable señor era el sacerdote, y, aun no sé muy bien porqué ni cómo, imagino que impulsado por alguna inveterada causa, me veo deshaciéndome en absurdas muestras de respetuosidad ante aquel ser de incuestionable decoro. Finalmente me armo de las fuerzas necesarias para afrontar aquellos doscientos metros, recorridos los cuales llego hasta la espaciosa recepción del camping, en donde me atiende una chica muy agradable que también hablaba el español. Pero antes de ir en busca de mi parcelita, me quedo allí un rato intentando entrar en calor, e intentando, a su vez, conseguir algo de conversación, pues son muchos días sin poder charlar normalmente. Pero la chica, aunque muy amable, nada locuaz. Ya oscurecido me voy en busca de un lugar donde instalar la tienda. La instalo, deshago el equipaje y me voy en busca de las duchas, en las que tengo depositadas mis esperanzas de acabar con el frío que todavía me domina. Pero..., cuando llego, resulta que estas no funcionan, o no logro averiguar cómo funcionan, por lo que me doy media vuelta y me vuelvo a la tienda. La verdad, la suciedad es lo de menos, es compañera inseparable de viaje, pero el frío debía combatirlo, y eso hago. Finalmente, me preparo la cena, leo un poco y luego, mientras escribía un poco sobre lo acontecido, sucede algo que quiero atribuir, una vez más, a mi turbulenta imaginación. Pero fuera como fuese, el caso es que en medio de aquel silencio sepulcral y aquella impenetrable oscuridad, escucho como un susurro humano se dirige hacia mí a tan solo unos centímetros de la tienda, momento en que instantáneamente apago la luz de mi frontal y quedo al acecho y completamente inmóvil. Entonces escucho el murmullo cada vez más lejano de la hojarasca pisoteada. Ahora bien, si fue un pajarillo parlanchín, un virtuoso roedor o un fantasma afligido por las asperezas de la soledad lo que me soliviantó, es algo que aquí no puedo testimoniar. Pero si hay un gran aliado en estos casos, ese es, sin duda, el agotamiento, que me hizo caer en breve absolutamente rendido, aunque fuese ésta una noche de sueños inquietantes y un tanto confusos.
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